Considero que la poesía es algo tan maravilloso que resulta imposible vivir sin ella para quien la ha degustado en edades tempranas. Desgraciadamente cada día se lee menos poesía y salvo los laureados muchos poetas son desconocidos para la mayoría de los jóvenes de la actual generación. Se vive demasiado rápidamente, con demasiado stress y angustia y apenas se lee, por ello he decidido hacerle un regalo a mi nieta mayor en sus quince, cuando seguramente yo no esté y que quizás por no ser latinoamericana no le celebren aunque tengamos guardado el aliñao de su nacimiento.
Le he preparado una Antología de Poesía Latinoamericana y del Caribe que me ha tomado más de un año hacer. He recopilado aquellos poemas que me gustan o han gustado, intentando que haya al menos uno representativo de cada país de esa región, mezclando premiados y menos conocidos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, en un totum revolutum de todas las tendencias y estilos de cada época, que indudablemente aún no está capacitada para leer, comprender o que la motiven. Allí están Neruda, Parra, Benedetti, Juana de Ibarbourou, Borges, Cesaire, Carilda, Gabriela Mistral, Vallejo, Guillén y Depestre junto a Cardenal, Darío, Cortazar, Martí, Agostini, Thiago de Mello y muchos más que me han influido a lo largo de mi vida y cuyo conocimiento deseo trasmitirle.
Ha sido una inversión de cientos de horas leyendo, buscando, tratando de dejarle algo que la motive a buscar el placer de la poesía, que no quedó solamente en la selección de los poemas, pues después de haber concluido con su búsqueda tuve que dedicarme a encontrar las imágenes que pudieran ilustrar cada uno de ellos, preparar el libro, maquetarlo, diseñar la portada y mandar a imprimir una prueba del mismo a una editorial y que ya me ha llegado.
Será un libro único e irrepetible, preparado y dedicado exclusivamente para ella, que nunca podrá comercializarse por no tener los derechos de los poemas e imágenes seleccionados, pero que legalmente puedo editar en forma privada.
Ya se lo comuniqué a mi hija. Ahora solo queda envolverlo en papel de regalo, ponerle una tarjetita y esperar más de ocho años a que en el momento de tomar el aliñao, aunque no le celebren los quince, reciba el regalo de su abuelo que dedicó tantísimas horas preparando algo que pueda recordarle de él y que le sirva, a ella o a los demás nietos, para motivarse por la poesía.
Rememoraba situaciones de mi vida, buscando en ellas mis primeros recuerdos, para intentar determinar más o menos hasta cuando soy capaz de recordar verdaderamente y cuanto son recuerdos heredados, de esos que a uno le parece haber vivido y que sin embargo es imposible que haya vivido, para asi tratar de imaginar qué cosas podrán recordar de mi mis nietos cuando ya no esté.
Pensé en mi padre y tengo que reconocer que el primer recuerdo suyo que tengo, mucho después de conocerlo y quererlo y mucho antes de saberlo, fue una vez en que me fui con él de la casa de La Loma (no recuerdo nada del camino) y llegamos a la casa de la Tía Josefita, una hermana de mi abuela Silda, allá en Ceiba Hueca, y que cuando llegamos salieron todas, la tía y sus hijas, con refajos y corpiños porque ya estaban durmiendo. Es algo borroso y que quisiera recordar mejor, pero sé que ya será imposible. Dado el momento en que esto pudo ocurrir además de la fecha en que mi padre se fue de Oriente supongo que tendría menos de seis años y por más que lo intento no recuerdo ninguna reminiscencia previa en que él este presente, porque de esa época es la anecdota familiar de cuando le dije que viniera que yo estaba madurito de morirme.
De mi madre lo primero que recuerdo es de cuando vivíamos en la casa de Lucipa, por tanto tendría entre cuatro y cinco años y no más. No recuerdo nada de cuando vivimos en la Casa Chiquita o en la Grande de Tomás Barrero, o en la Casa de Fortuna y los recuerdos de la casa de Nito en La Sal se me confunden con recuerdos posteriores en esa misma casa y con la misma gente. Se que puedo definir más o menos la fecha de los recuerdos de acuerdo con que viviera en Oriente o no, lo que ocurrió a partir de los seis años, pero puedo equivocarme porque la mente envejece y nos confunde con sus tramposas trampas.
Doy vueltas a la mente, siempre yendo a Oriente, y no puedo aclararme. Mi estancia en el asilo de los niños fue cuando tenía entre cinco y seis años y nitidamente sólo recuerdo aquella sesión en que nos hablaron del valor del olfato, y la profesora, cuya cara no recuerdo, nos dio a oler varias cosas para identificarlas, de las que solo recuerdo el tabaco y la canela, antes de vendarnos los ojos y que dijeramos cual era la que olíamos.
Intento buscar más entre los recuerdos colaterales que puedan llevarme a saber cuántos años tenía en la época de la que aún puedo recordar y aunque me devane los sesos no puedo ir más allá de los cuatro años que le llevo a Leo, que nació en la Casa de Fortuna, y de la que no recuerdo nada.
He llegado a la conclusión de que si no recuerdo nada de cuando vivíamos en la Casa de Fortuna necesariamente mis recuerdos tendrían que provenir de cuando tenía más de cuatro años, pero tampoco recuerdo claramente nada de cuando vivíamos en La Sal, así que tienen que ser de cuando tenía más de cinco. ¡Dios mío, si tuviera a quien preguntar cuando fue la boda de Xiomara y Aroldo o cuando Nito se mudó a la casa de la Segunda Avenida de Caymari quizás sabría la antigüedad de mis recuerdos!.
Si recuerdo claramente cosas de Oriente tenía que tener menos de siete, que era casi la edad que tenía cuando nos fuimos para La Habana, pero eso me deja insatisfecho, porque a pesar de recordar muchas cosas y personas no soy capaz de recordar nítidamente los rostros.
Entre cinco y siete. Entre siete y cinco está el seis, pero no me quedo satisfecho, me asalta el recuerdo de una foto en que estamos los tres varones vestidos de cow boys en un Día de Reyes, que tiene que haber sido cuando tenía entre cinco y siete, y no me ayuda a despejar esta incógnita el saber que pudo haber sido a los seis porque era un Día de Reyes, el último que vivimos en Oriente.
No puedo seguir devanándome los sesos en tan poco tiempo y sin ayuda. Tendré que llegar a la conclusión de que la memoria remota no alcanza a más allá de los cuatro o cinco años o quizás de los seis y eso me molesta, porque al descubrirlo tengo aceptar que si muero hoy una sola de mis nietos será capaz de recordarme y eso si cuando llegue a adulta hace tanto esfuerzo como he estado haciendo hoy yo y eso me entristece tremendamente porque no dejaré huella en Cálico y Marai a pesar de todo lo que representaron en mi vida.
Después de haber vivido en la Casa Chiquita, en la Grande, en la de Fortuna y un tiempo en la de Nito en La Sal nos fuimos a vivir a lo que llamamos “La casa de Lucipa” por la dueña de la misma, allá por La Maromera, en el límite de lo rural y lo urbano de la ciudad en aquel tiempo. Lucipa era parienta de Gloria Martínez, hermana de crianza de mi madre, como se le decía en aquel entonces, al haberla criado mi abuela. Gloria era una de las Capote, aunque no compartiera sangre con ellas, y sus hijos Gerardo, Berta, Lázaro y Ursina son primos míos aunque nada sanguíneo nos una, o al menos yo los considero así.
Deduzco que esa época era otra de aquellas en que mis padres estaban distanciados porque a él jamás lo vi por allí y según supe después se había ido para La Habana a un trabajo en la Pheldrack que le había conseguido Pi, el marido de la tía Zita, para que dejara de ser vendedor ambulante por la Sierra.
Era una casa de madera y tejas, de dos espacios multiusos con piso de tierra apisonada y excusado fuera, algo alejado del techado de guano que servía de portal trasero. En la habitación delantera mi madre, que había estudiado magisterio en la escuela Normal, puso una escuelita, a la cual asistían los niños del barrio con sus sillitas y sus cuadernos y ella les enseñaba a leer, escribir y las operaciones de sumar, restar, dividir y multiplicar por una peseta a la semana, además de cuidarlos mientras sus padres se buscaban la vida.
Fue en esa casa donde aprendí a leer viendo cómo mi madre enseñaba a sus alumnos. Según contaba ella un día me encontró inclinado sobre un comic, que en aquel entonces y allí llamábamos muñequitos, riendo y me preguntó de que reía y le dije, a los cuatro años, de lo que leía. Ella no lo creía y me pidió que leyera otras cosas y lo hice. Decía Mami que me besó por el descubrimiento: había aprendido a leer “solo” y no era verdad, había aprendido con ella.
De esa casa son mis primeros recuerdos propios. Recuerdo los juegos infantiles vestidos de cowboys con trajes simulados por nosotros y caballos que no eran más que una vara de palo debajo de nuestras piernas, recuerdo las visitas al asilo de los viejos y mi posterior ingreso en el asilo de los niños. Recuerdo las heridas en las rodillas, los tratamientos para las lombrices con lavados de Santokin, o las harteras obligadas con semillas de papaya para expulsarlas. Recuerdo al brujo, santón o curandero que fue a quitarle una verruga a mi madre con unos rezos y que tanto me impresionó. Recuerdo a Paco y Alfredo, amigos de esa época e hijos del tendero que nos fiaba, y el incendio de la casa, que comenzó por el cobertizo de atrás y que de no ser por los vecinos (los bomberos no iban a esos incendios) habría acabado con la casa y mi madre habría tenido que pagarle por ello a Lucipa, pero sobre todo recuerdo aquel día en que mi madre, que había ido a la casa de la suya, no llegaba y la vecina, viendo que teníamos hambre, nos dio un plato de comida por la ventana de su cocina. No nos lo dio por la puerta de atrás, no nos invitó a comer, ni a sentarnos, no nos dio un poco para cada uno. Se limitó a llamarnos y extendernos por la ventana un plato de harina de maíz tierno con unas rodajas de pepino para que lo compartiéramos entre los tres, que en realidad fue compartido entre dos, yo no comí. No tenía por qué hacerlo, pero ese día comprendí la diferencia entre la caridad y la solidaridad. Quizás por ello no como nada traido de otras casas.
Poco tiempo después nos fuimos para La Habana. Aquel día en que nos sentimos abandonados mi madre estaba comprando con lo recaudado en la escuelita de barrio los billetes para reunirnos con mi padre.
Soy el producto de una reconciliación, el hijo de la búsqueda del reverdecimiento de un amor que quizás se apagaba entre dos personas que se habían querido y quizás eso me marcó en cierto modo.
Cuando mi madre descubrió que la querida de mi padre esperaba un hijo parecía que todo iba a acabarse entre ellos e incluso estuvieron separados. En ese entonces vivíamos, o vivían, en lo que después fue conocido entre nosotros como "la casa chiquita", allá en la calle Tomás Barrero, cerca de la cañada y el Cementerio viejo. Mi madre, enfadada al descubrir la infidelidad continuada de mi padre, recogió sus cosas incluida la cama matrimonial y tomando al primogénito se fue a la casa de la Loma con el resto de las Capote abandonando al viejo en la casita para que reflexionara o decidiera qué iba a hacer con su vida.
No sé qué promesas pudo hacer mi padre, no sé qué artimañas usó, o si fue mi madre quien creyó que podría recuperar el marido y la estabilidad matrimonial con un nuevo hijo, lo cierto es que tiempo después de nacer mi media hermana nací yo, asistido por Justa, la comadrona, en aquella cama de caoba que aún hoy existe en la casa que fue de mis padres y que mi madre trasladó en aquel entonces a la casa de la Loma para que no pudiera ser profanada por otras mujeres.
Cuando yo nací mis padres estaban separados y eso hizo que mis tías le tuvieran mala voluntad al viejo, que cuando aquello era joven, no sólo por haber sido infiel sino por haber vuelto a embarazar a la benjamina de las Capote, quizás pensando que con dos hijos le sería muy difícil en aquella época rehacer su vida. La abuela no podía ni verlo y este sentimiento de rechazo mutuo se hizo reciproco durante toda la vida.
No sé tampoco cual fue el arreglo a que llegaron, qué prometió mi padre, o si de verdad había amor entre ellos, pero a poco de nacer yo mi madre volvió a recoger las cosas, embaló la cama matrimonial y tomando de la mano al primogénito y cargando al recién nacido regresó a "la casa chiquita" para descubrir que mi padre había alquilado para nosotros la casa de al lado, mucho más amplia y que luego conocimos como "la casa grande".
Alrededor de un mes después de la reconciliación celebraron mi bautizo. El tío Gongo, hermano de mi madre, fue el padrino y Luisa Sánchez, la joven vecina de la casa del frente y amiga de mi vieja, fue mi madrina. Queda como testimonio la foto de dos jóvenes padres quizás enamorados, ella vestida de blanco con un vestido de hilo que tiempo después alcancé a ver, él igualmente de blanco, con pajarita al cuello, el primogénito con una chaqueta mirando a la cámara, todo serio él, y el bebé, hoy un viejo, con su batita de bautizo bordada como era preceptivo.
Resulta imposible recordar cómo fue la vida en aquellos tiempos y ya no hay nadie que me lo pueda decir, a menos que me reencuentre con mi madrina que no se si vive y que siempre se refería a mi padre como "un puñetero". Lo único cierto es que no vivimos más de año y medio en "la casa grande", que el hermano que me sigue nació también en la casa de la Loma, en la misma cama que yo y asistido por la misma comadrona y que poco tiempo después de su nacimiento mi padre alquiló para la familia la que después conocimos como "la casa de Fortuna", al lado de la de las Capote, quizás para que le resultara menos gravoso trasladar la cama matrimonial y en la que nació mi hermana Leo.
Es triste pensar que uno vino al mundo buscando una reconciliación de pareja y que no sabe exactamente si lo logró. Mi padre siguió con su amante y reconoció a la hija que tuvo con ella, sin embargo mi madre siguió pariéndole hijos a mi padre y la familia que iba aumentando pasó etapas en que solo teníamos su figura masculina como referente ocasional en medio de aquella casa de Bernarda Alba que era la de las Capote y que hoy bebiendo un Rioja Comportillo cosecha de 2009, mientras escucho a Libertad Lamarque que tanto le gustaba a mis padres, me ha dado por recordar, pensando que mis viejos vivieron después de aquello más de cuarenta años juntos y que Paca se burlaba de los tangos que cantaba Papi, recordándole como cantaba "Uno" para mi madre, mientras le decía que era un gran embaucador y un mentiroso, a pesar de vivir en nuestra casa.
Soy hijo del Diablo, o eso dicen, y a pesar de ello doy buena suerte y tengo propiedades milagrosas, o eso dicen y sin embargo, aunque me rechazan por ser diferente, o precisamente por ello, me veo obligado a vivir oculto en la oscuridad de esta choza apartada en la que Taita nos ha encerrado a mis hermanos y a mí para que nadie sepa que existimos, por el momento. La oscuridad no está tan mal porque la luz apenas nos deja ver, pero nos aburrimos y queremos jugar como los demás niños. Taita ha dicho que si vemos gente o escuchamos ruidos y voces nos escondamos donde podamos y eso es lo que hacemos, aunque a veces el ruido venga del monte que nos rodea y descubramos que solo era un animal o el viento.
Taita tiene miedo por nosotros y es porque él es negro y nosotros somos blancos, muy blancos, y no sé si el miedo es a la blancura de nuestra piel, a nosotros, que dicen que somos hijos del Diablo, o a los que nos temen y sin embargo nos buscan o quizás sea porque la gente piensa que no podemos ser hijos suyos siendo tan blancos y él tan negro. Taita nunca nos ha dicho por qué, pero nos tiene aquí encerrados desde hace tiempo y solo viene a traernos comida, siempre antes de que salga el sol o cuando cae y nadie se atreve a adentrarse en el monte y no se va sin decirnos que recordemos todo lo que nos ha dicho y sobre todo me insiste a mí, el mayor, para que cuide a los pequeños y que no les pase lo que a mi hermana, de quien abusaron unos hombres venidos sabe Dios de dónde, porque según dicen al acostarse con ella podían curarse de un mal que tenían. No sé si esos hombres llegaron a curarse, ni si mi hermana lo sabía, pero sé que siendo tan buena como era de haberlo sabido lo habría hecho de buena gana sin que hubieran tenido que pegarle para que lo hiciera, ni maltratarla tanto, al extremo de que murió poco tiempo después y que de no haber sido porque mi Taita la oyó gritar habría muerto ese mismo día. Tampoco he sabido por qué Taita la enterró en un lugar que nadie sabe, sin señas de que ella está ahí, como si de saberlo alguien fuera a sacarla de su tumba. ¡Qué cosas tiene Taita!
Quizás él tenga miedo de que a los pequeños les pase lo que a mi, que unos mineros borrachos me cortaron a machetazos una pierna cuando tenía cinco años y pisé en el monte una trampa para animales que me dejó atrapado y tuvieron que cortármela para liberarme. No recuerdo muy bien lo que pasó después porque me desmayé y cuando desperté mi madre me había puesto kerosene para que no sangrara y Taita me curaba con hojas y unas pastillas que trajo de no sé donde hasta que mi pierna estuvo buena y empecé a caminar con unas muletas que me hizo con palos del monte.
Al principio Taita nos decía que nos ocultáramos de los blancos y desconocidos, pero después nos decía que nos ocultáramos de todos, que querían nuestra piel y nuestra sangre para hacer magia negra y yo riendo le dije que como iban a hacer magia negra con una piel blanca y se le ocurrió decirme que para eso se llevaron mi pierna aquellos mineros y a mi lo que me dio fue mucha risa, porque si de verdad dieramos suerte no nos pasarían esas cosas; fue entonces cuando nos trajo a esta choza en que pasamos escondidos todo el tiempo. ¡Qué cosas dice mi Taita!
El sol está alto, Taita no viene aún y ayer tampoco vino por primera vez desde que estamos aquí. Tengo hambre y los niños lloran porque también la tienen y el agua no llena el estómago. Los pájaros están cantando en el monte y debe ser porque ya han comido, porque con hambre se está triste, como están los niños en este momento. Tomo mis muletas y salgo a ver qué puedo encontrar para que coman y dejen de llorar los pequeñines. No hay nada cerca y sigo caminando. Escucho voces y decido acercarme a ver si consigo algo para ellos. Unos hombres con machetes, como Taita cuando trabaja en el monte, se acercan a mi, me preguntan que busco y cuando se lo digo me dicen que me acerque. La luz no me deja ver, solo veo sombras que se acercan, que me atenazan los brazos, que lanzan lejos las muletas, que extienden mis miembros y alzan los machetes afilados. Cuando por fin se lo que va a ocurrir solo atino a gritar “¡El brazo no, el brazo no!”, antes de sentir el sonido del machetazo que me dejará manco por siempre y agonizante en aquel claro del monte simplemente por ser albino e hijo del Diablo. Sólo me consuela que ya no buscarán a los niños y lo único que me preocupa es que estarán esperando que les lleve algo de comer para mantenerse hasta que llegue Taita. ¡Ojalá y no tarde mucho!
Nunca supe quien era Daniel Martínez, a pesar de haber vivido cuatro años en una calle que llevaba su nombre. Es lamentable que haya sido así, pero en esa época era lo que menos importaba, o mejor dicho, importaba más tener un techo bajo el cual vivir y lo encontramos en el número treintiuno de la calle Daniel Martínez, que en época de crisis era lo único que podía pagar mi padre, quien se había ido antes para abrir camino, y cuyo salario era el que nos permitía subsistir a una familia de seis personas.
La casita de Daniel Martínez constaba solo de dos piezas: la delantera, separada de la calle por un espacio en el que previsiblemente se construirían otra y el portal, era sala, dormitorio paterno y de la niña mientras la trasera servía de cocina, comedor y dormitorio de los tres hijos varones. Adosado a la habitación trasera estaba el baño y detrás de él el patio, limitado por una cerca que por un lado servía de pared al pasillo por el que se entraba a las casas de Caridad y Cuca situadas en el fondo y por el otro nos dejaba ver el patio de María y Cisquito, los vecinos de la izquierda, y se extendía a lo largo de toda la casita dejando un estrecho pasillo, húmedo y sombrío, en el que poco después de instalarnos mi madre sembró mariposas, su flor predilecta, quizás para recordar a su Oriente querido.
Eladio, el dueño de la casita, quien hasta ese momento cobraba quince pesos a mi padre por el alquiler de la misma, quiso aumentarlo a veinte por la presencia inesperada de niños pero seguimos pagando lo mismo. Nunca supe de qué artes se valió mi padre, lo único que sé es que lo convenció de mantenerlo igual y seguimos pagando los días quince de cada mes aquellos quince pesos durante todo el tiempo que vivimos en ella.
Recuerdo bien el día que llegamos a la casa, que no teníamos donde ni qué cocinar y comimos de cantina que fueron a buscar Papi y Pipi: arroz blanco, frijoles negros, carne ripiada y plátanos maduros fritos, el presupuesto no daba para más, pero a nosotros nos pareció un manjar. Estábamos de nuevo en familia y aquello sabía a gloria.
Lo que si no fue gloria fue la adaptación al vecindario y la aceptación por parte de ellos. Éramos los emigrantes, los que veníamos de otro lugar y además éramos pobres y la familia más numerosa de la cuadra, en la casa más pequeña de toda ella. En resumen, los bichos raros del vecindario, los que compraban la factura en casa del “americano” a varias cuadras del barrio, donde nos fiaban avalados por Venegas, un compañero de trabajo de mi padre en la Pheldrak, cuya cuenta aparecía a nombre de “Luis René, el amigo de Venegas” para cobrarle a él si los días diez de cada mes Papi no liquidaba la cuenta del mes anterior. Éramos los niños que jugaban entre ellos a juegos raros: “la pelotica”, una especie de minibeisbol con canicas en un microstadium que hicimos delante de la casa, o a los caballitos con figuras de cow boys hechas en cartón duro en que recreábamos escenas del oeste, siempre juntos, siempre unidos los tres a pesar de todo.
Después de comenzar en la escuela fue distinto, aunque éramos los únicos de la cuadra que íbamos a escuelas públicas y comíamos en el Comedor Escolar de la escuela Nº 4 para niños pobres. No sé si Mami fue la primera que rompió el hielo hablando con María por la ventana, una enfrente de la otra, o con Caridad, la vecina del fondo que tenía a su hija Susana en el mismo kindergarten que estaba Leo mi hermana, con Cunga, la vieja de dos casas más allá o con Titi, la oriental de la que le seguía o fuimos nosotros, compartiendo juegos y maldades con Emilito, el hijo del barbero con el que nos pelábamos y cuyos gallos de pelea íbamos a ver, con Albert y Tati, los muchachos de cinco casas más allá, o peleándonos con “El Loco”, el malo del barrio, lo cierto es que un buen día descubrimos que aunque extrañábamos y echábamos de menos nuestra vida anterior, ya formábamos parte del barrio, aunque siempre fuéramos los orientales, y que, por ser mayoría, en cualquier grupo éramos tenidos en cuenta.
Viviendo en esa casita nació Jorge, el benjamín de la familia, aunque quizás él no lo recuerde porque al poco tiempo nos mudamos a otra y quedaron atrás los domingos de escuchar la discoteca de Radio Progreso, los días de oír a los Matamoros en la CoCo, de sentir a Barbarito Diez deprimiéndonos por las tardes y a prima noche, de ver a mis padres bailando danzones, al viejo en su balance escuchando tangos o a mi madre oyendo arrobada a Javier Solís, de sentarnos a ver los muñequitos o Cine del Hogar en la televisión en blanco y negro que nos regaló Temia, o jugar con Cuchinchi, el perro que nos endosó el tío Fin cuando mis padres fueron a pedirle que les alquilara un apartamento más amplio, los días alegres del triunfo de la Revolución o los de la invasión de Playa Girón, los de las patrullas juveniles y los juegos de pelota “al flojo” en San Miguel y tantas otras cosas que hoy resultan demasiado lejanas en el tiempo y el espacio, pero que sucedieron e influyeron en nosotros.
Algunos de aquellos niños hoy somos abuelos y otros han muerto, unos se hicieron profesionales y otros no pasaron de obreros, pero esos muchachos de Daniel Martínez fueron quienes único puedo asimilar a amigos de la infancia, en una infancia que nunca transcurrió más de un par de años en el mismo lugar y esa casita, la de Daniel Martínez treintiuno, fue la primera en que tuve conciencia de que verdaderamente éramos una familia.
Hoy, mientras escucho mi música recuerdo aquella casita, mi familia, y vuelvo a ser niño, pobre y discriminado, y se me hace un nudo en la garganta. Entonces, bebiendo un tinto Abadía Mantrús, denominación de origen Ribera del Duero, cosecha de 2009 (culpa de mi amiga Pily que me incitó a probar otros vinos además del Rioja) empiezo a llorar sin saber si lloro porque aquello ya pasó, porque hace medio siglo dejé de ser niño, porque ahora soy el más viejo de la familia y el único que puede contarlo o simplemente porque el vino me provoca la llorona y entonces apuro lo que queda de la botella y voy a la cama para no terminar el viernes cantando Asturias Patria querida.
Nací en la casa de la Loma de Caymari hace varias décadas, cuando recién concluida la II Guerra Mundial ya la habían modificado, y por representar mi primera infancia y haber nacido allí no solo yo sino también mi madre ocupa un lugar destacado en la imaginación personal y familiar. Era una casa de madera y puntal alto, situada en la punta de la loma, en lo que pomposamente se llamaba la Primera Avenida de Caymari, con una vista maravillosa a toda la ciudad, la bahía y los manglares que luego le taparon parcialmente las casas que construyeron otros cuando empezó a urbanizarse el barrio, pero cuando el abuelo la construyó en el primer cuarto del siglo XX era distinta y casi única en todo el lugar y podía verse a gran distancia, reinando en la cumbre de la loma.
Me contaron que en general no era muy diferente a la que yo conocí, pero que era completa de madera, con sótano y rodeada por el patio lleno de árboles frutales, pero esa no es la de mis recuerdos. La mía es la que remodeló Paca, la tía soñadora, en la que nací. Cuando ella tomó la batuta de la casa de la loma a fines de la primera mitad del siglo XX decidió invertir el dinero que Fin, el hermano mayor, mandaba para la manutención de la abuela, en remodelar el viejo caserón. La pared lateral derecha, desde el frente, cambió de madera a mampostería e iba hasta la cocina, a la que rodeaba y convertía en la única pieza de la casa que no era de madera, quizás por evitar algún incendio, ya que en esa época se cocinaba con carbón.
Lo que en otro tiempo fue el último cuarto a la izquierda según se entraba se convirtió en una terraza abierta al patío, con cuadriculas de madera formando celosías arriba y abajo que dejaban pasar la luz en lugar de las dos paredes que mandó derribar y puso macetas colgantes con helechos y tiestos con plantas que ella misma cuidaba. En uno de los horcones un farolito negro alumbraba tenuemente la terraza y unos sillones de mimbre permitían descansar al agotado por la canícula tropical o a los visitantes.
En el comedor de “diario” ubicó después el televisor, uno de los primeros que hubo en la ciudad, y frente a él puso un chaise longue con cojines o “cheslón” como le decíamos en aquel entonces, en el que teníamos prohibido sentarnos los sobrinos.
El comedor de las visitas, con sus muebles rotundos de madera “dura” y la mesa cubierta por un mantel de encaje, supuestamente proveniente de Bruselas, su vitrina llena de copas, algunas de cristal fino de Baccarat, y la imagen del Cristo bendecido por el Papa Pio XII traída de Roma por el tío Fin que la presidía, era igualmente territorio prohibido para los sobrinos, como lo era la sala, que por hacer tantos años que no la veo la imagino inmensa, con el sofá y las dos butacas mullidas, la mesa de centro de caoba en la que descansaba “la Bola” y encima de ella “La Lámpara”. La Bola y la Lámpara eran los dos tesoros más preciados de Paca. La bola era una especie de globo de cristal finísimo, color rosado con palmeritas blancas y cortado cerca del polo norte en la que Paca había colocado una finísima arena proveniente quizás de los cayos y en la que había “sembrado” unas plumas de pavo real. En el centro y colgando del techo apenas uno entraba a la casa veía “la lámpara”, una belleza de lámpara de araña, de cristal de Bohemia, con lágrimas colgantes que refulgían cuando le daba la luz y que nunca supe quien compró ni trajo a la casa y que solo se encendía en ocasiones señaladas.
A la derecha según se entraba, estaba el cuarto de Paca, suntuoso y con ventanas a la calle, al que le seguía el de Mama o Cacha Capote, la matriarca, con su altar y su imaginería católica y después el baño interior, completamente equipado, algo que en aquella época y lugar era infrecuente y que abría no solo a su cuarto sino también al comedor de diario. A la izquierda estaba el cuarto que ahora ocupaba Galle y en el que décadas antes fue asesinada la tía Guelo por su novio. A este le seguía el de Ñuño, que fue en el que nacimos mi madre y yo, al que Paca hizo una ventana que abría a la terraza y que se encontraba frente al comedor de visitas que a su vez formaba un espacio conjunto con la sala.
El comedor de diario, donde durante años comí el mismo menú (potaje de frijoles colorados con arroz y algo más en el almuerzo y sopa, cocido y arroz en la comida, salvo que fuera domingo que tocaba arroz con pollo o que hubiera visitas en que nadie sabía lo que se podía comer) formaba cuerpo con la terraza y la cocina, que estaba situada en un plano superior y en la que hubo uno de los primeros refrigeradores domésticos de la ciudad donde algunos vecinos llevaban a guardar la carne o el pollo de algún familiar enfermo y que después sirvió, cuando la miseria se adueñó de la familia, para hacer los durofríos que Galle vendía a los niños que acudían a la escuelita de barrio que había instalado en la terraza cuando ya Paca se había ido. Como parte del mobiliario de la cocina recuerdo siempre a la Tía Ñuño, casi ciega, quien era la encargada de cocinar seis días de la semana y por qué no, al negro Arturo, que cada mes venía a limpiar la trampilla de grasa del piso.
Saliendo de la cocina Paca había dispuesto que al terminar los escalones siguiera un camino de ladrillos que condujera al traspatio atravesando todo el patio y los canteros de plantas que ubicó rodeando la casa y a su derecha hizo construir un pozo ciego, con su brocal de piedras, sus horcones y su polea de la que colgaba un cubo que nunca sacó agua de donde jamás hubo otra que la que nos hacía echar a sus sobrinos para que se movieran en ella las jicoteas que allí vivían, a la sombra del tamarindo, el framboyant, del que decían que es como el matrimonio que primero vienen las flores y después vienen las vainas, la mata de papaya y la cavalonga que crecían a su lado, y donde se ataban las bestias de quienes venían a traer de las fincas las viandas y las frutas para la matriarca de Las Capote, después que jinetes y bestias entraran por un portón situado al lado de la cocina.
El límite del patio con el traspatio lo fijaba una valla de madera que construyó el viejo Alfonso, un carpintero amigo de la familia al que robé infinidad de camarones secos que me empacharon y me hicieron odiar al marisco, y que tuvo a bien dejar un corredor alrededor de las habitaciones en el que se sembraban hierbas medicinales. La albahaca, el romero, la hierbabuena o la hierba de calentura se enseñoreaban en aquel corredor junto a los jazmines, aromando las habitaciones y sirviendo para que los sobrinos buscáramos en ellas los huevos de lagartijas, caguayos o camaleones que abundaban entre las mismas y romperlos en ese sentimiento destructivo de los infantes.
Pasando aquella valla pintada de blanco que impedía la extensión de las buganvillas de diversos colores se entraba en el traspatio donde viví los momentos de juego más emocionantes de mi primera infancia. Allí se encontraba el excusado de madera, donde vi por primera vez el sexo de una chica y al que teníamos que acudir en caso de necesidad porque el servicio de dentro estaba vetado para quien no viviera en la casa, para los sobrinos y para las visitas que no entraban por la puerta delantera.
En el traspatio reinaban el viejo almendro, que nos daba sus frutos y al que nunca subíamos porque sus ramas eran “bruscas” y podían romperse, estaba la mata de mamoncillos, que el tío Lao nos hizo subir hasta la copa cuando intentaba azotarnos con el fuete tras burlarnos de él al verlo orinando contra su tronco, las de anón, en una de las cuales casi me estrangulan las ramas de no ser por el viejo Don Pancho que dejó de sembrar el maíz y la cortó con un machete antes de que me asfixiaran, y las de mamón, de una de las cuales al caer sufrí mi primera fractura de antebrazo, las de tamarindo macho y tamarindo ácido, “que no hay negro guapo ni tamarindo dulce”, el bosque de buganvillas de distintos colores que la rodeaba, las de las cavalongas lechosas, con un fruto que parece un glande y que usábamos para escandalizar a las primas, los arbustos de oreja de burro y en el espacio que quedaba libre las matas de maíz que sembraba Don Pancho, arropadas por las de espina de rayo que servían de cerca detrás del alambre de espino tendido entre troncos de júpiter.
Al final de todo, cuando terminaba el traspatio y la vista de la bahía, el manglar y el molino arrocero eran únicas y desde donde podía verse la llegada de los barcos, del tren de pasajeros, de los de carga y del gascar, se encontraba el barranco y abajo el “centro” y la casa de Ubenceslao, como le decían, pero que supongo que era Wenceslao, en la que los espiritistas venían a sus sesiones que nos infundían tanto miedo.
Detrás de la Casa y a la que se llegaba por La Cañada que nacía a la derecha de la misma, estaba la casa de Fortuna, como la llamábamos tiempo después por la nueva inquilina, aunque antes hubiera sido nuestra a pesar de que en esa época nunca tuvo un nombre y en la que nació mi hermana Leo.
No he tenido valor para ir a la Casa de la Loma de Caymari. No me atrevo. Ñuño murió hace años en ella mientras dormía y con ella se fue la última de sus ocupantes originales. Mama había desaparecido cuarenta años antes, Galle alrededor de veinte y Paca se había ido como se fueron poco a poco los visitantes de aquella casa según fueron muriendo o emprendieron otra vida. Los sobrinos nos hicimos adultos y emprendimos camino lejos de aquella casa.
Ya no hay jardines, ni pozo, no hay hierbas medicinales ni árboles frutales, ya no entran caballos y mulas cargados de alimentos, no vienen a visitar la casa los descendientes de su creador, el abuelo colombiano, no viene Gongo con las viandas, no se espera a Nano, ni molestan los sobrinos o nietos y alguien ha construido una vivienda en el traspatio mientras otro ha derrumbado el pozo, porque un pozo sin agua no es pozo y hay que ver que locas estaban estas viejas.
Paca, la última de las Capote y la autora intelectual de esa casa jamás ha regresado y yo creo que tampoco lo haré, prefiero recordarla como la tengo en mi mente, aunque no siempre sea agradable.
Si en sus inicios la participación de las mujeres en el Feeling fue escasa, la presencia de Aida Diestro entre sus fundadores abrió la puerta a que muchas intérpretes femeninas destacaran en esa forma de expresar el bolero en la cual se escenificaba el mismo, sacando todo lo que sugiere la canción que se interpreta.
En 1952 Aida Diestro había fundado el Cuarteto Las D´Aida con quienes después serían figuras cumbres del panorama musical cubano: Omara y Haydee Portuondo, Elena Burke y Moraima Secada, que enel grupo o ya individualmente filineaban en los antros habaneros.Junto a ellas destacaron Leonora Rega, Ela Calvo, Nelly Castell, la grandísima Olga Guillot, Blanca Rosa Gil o Freddy, la olvidada quizás por gorda y fea.
Después vinieron otras. Todo el mundo se apuntó al filin y el filin se apuntó a todos porque el bolero no puede ser cantado sin sentimiento y allí lo había. Según el Dr. Cristóbal Díaz-Ayala en "Del Areyto a la Nueva Trova" en 1961 todavía los centros nocturnos más importantes de La Habana contaban con una buena figura, todos, boleristas al estilo Filin. En el Salón Caribe del Havana Hilton estaba Elena Burke; en el Copa Room del Hotel Riviera Berta Dupuy; en el Capri, la Guillot y Juana Bacallao; en el Salón Parisién del Hotel Nacional, René Cabel; en Tropicana, Nelly Castell; en la Red tenían a la Lupe; en Alí-Bar a Blanca Rosa Gil; en el Gato Tuerto a Moraima Secada con Meme Solís.
No había rincón habanero sin feeling desde fines de los cincuenta a inicios de los sesenta y necesariamente había que escucharlo. Pero el tiempo pasa, unas se fueron de Cuba, otras murieron y la mayoría cambió su estilo después de la incorporación de las orquestas al feeling, relegando a la guitarra y a la descarga íntima.
Pero la guitarra acechaba y ya se preparaba para ser parte fundamental de la Canción protesta y de la Nueva Trova.
Traigo una selección de las más famosas intérpretes del Feeling, casi todas desaparecidas para tristeza de quienes las seguimos.