LA VIDA CENTRÍPETA
Según envejecemos la vida se vuelve centrípeta y esa es la mayor derrota del ser humano.
Antes nos desplazábamos a sitios lejanos, después fuimos haciendo los viajes más cortos, hasta que nos movemos por la provincia, el municipio, el barrio y cuando llega el momento final no salimos de casa.
Con las comidas ocurre igual. Comemos de todo, buscamos sabores, exploramos y luego retrocedemos hasta caer en la rutina, los platos conocidos y más tarde regresamos a la infancia con purés y papillas.
O con el sexo. De ser osados, promiscuos y quien sabe cual más de esos nuevos adjetivos que han ido surgiendo, pasamos al sábado sabadote y al misionero. Hasta que se va perdiendo todo y el misionero es toda una experiencia sensorial que disfrutamos de Pascua a San Juan.
O con el arte, el baile, la música y la literatura, que de buscar tendencias, autores o corrientes vamos dejando de lado la experiencia maravillosa de la exploración para caer en la rutina de lo trillado.
O de los sentimientos, que de lanzarnos a la aventura de vivir a tope lo que sentimos vamos conduciendo el sentir a lo seguro, a lo que sabemos que no nos daña y nos hace sentir bien.
He meditado sobre esto y considero que la vida centrípeta es la mayor derrota del ser humano, por eso cada día que pasa y mientras pueda, intentaré vivir una vida centrífuga. Como en el deporte, más lejos, más rápido, más alto, buscando sacarle el jugo a la vida, enamorándome de mujeres jóvenes que ni me miren, deleitándome en el pasado pero viviendo el presente, disfrutando a tope el tiempo que me quede en este "valle de lágrimas", triste para quien no sepa encontrar placer en el valle o las lágrimas, que de todo hay en la viña del señor.
No, no quiero una vida centrípeta. Si llega el momento en que tenga que hacerla me sentiré tremendamente derrotado.