FÍGARO
El barbero, antes de llamarse peluquero y existir las peluquerías unisex con toda su parafernalia, era todo un personaje en cada barrio. Muy lejanos los tiempos en que fueron cirujanos o dentistas sacamuelas, eran parte integral de cada barriada y conocían a todos los parroquianos. La relación cliente barbero era como un matrimonio, se extendía en el tiempo hasta que la muerte nos separe y en muchos casos era así.
Hoy tengo un recuerdo muy especial de mi barbero que me peló desde niño, cuando me sentaba encima de una tablita puesta encima de los brazos del sillón, hasta que por Ley de Vida ella nos separó.
Uno llegaba y bastaba con sentarse en aquellos sillones casi siempre negros que se extendían con una palanca de dientes y ya él sabía que hacer. A lo sumo la pregunta de ritual "¿Cómo siempre?" y al "Si" habitual, empezaba con su labor aprendida a base de años de cortar pelos y rasurar con la navaja que asentaba en una correa de cuero a todo el hombrerío del barrio.
Uno cerraba los ojos y sobre el paño blanco comenzaban a caer los pelos cortados con tijeras afiladas y aquellos finos peines que ya no se ven, mientras la cháchara invadía el local y alguno trataba de conciliar el sueño.
El barbero, o Fígaro como le decían, conocía nuestros cráneos casi tan bien como los problemas de sus clientes, de los que se mantenía puntualmente informado tanto por los comentarios de los mismos o de otros como por su capacidad de mirar lo que ocurría fuera mientras nos cortaba el pelo con el chiqui chiqui de sus tijeras y aplicando su sicosociología barberil se interesaba por la familia, la novia o el trabajo.
Resultaba imposible evadirse de sus preguntas o comentarios, que a veces interrumpía para saludar a alguien que pasaba, atender al que llegaba o responder a alguno que preguntaba una dirección antes de continuar la charla donde mismo la había dejado.
Era época de cortes cuadrados y patillas, de talco y alcohol o perfume echado con el frasco con su pera de goma, de la vaselina o gomina, del bigote incipiente y los consejos para el acné.
Después comenzaron los problemas para los barberos cuando Los Beatles inundaron nuestros sentidos y se impuso la moda de andar peludos o cuando los jóvenes arribábamos a la edad de la mili, en que empezaron a perder clientes o frecuencia de servicios o cuando llegaron el Sida y las medidas de prevención.
Ya después nada fue igual salvo para los conservadores o los más viejos. Los que tenían éxito comenzaron a ir a los "Salones", donde les lavaban la cabeza o les hacían tintes y masajes escuchando el hilo musical y les cortaban el pelo con paños de colores, maquinas eléctricas y secadores. Los más jóvenes se pelaban entre ellos o no se pelaban y el barbero, ya viejo, comenzó a languidecer como su negocio por no poder adaptarse.
Recuerdo la última vez que me peló hace ya muchos años. Llegué próximo a la hora del cierre después de meses fuera y como suplicando pregunté si podía pelarme y para declararle mi fidelidad le expliqué que había estado de viaje y no había podido coger turno. Asintió con la cabeza y me senté.
- ¿Cómo siempre? - dijo y conociendo la respuesta comenzó en silencio y era yo quien tenía que sacarle las palabras de la boca.
- "Voy a cerrar" - dijo sin que viniera a cuento cuando cobró su servicio después de terminar y supuse que se refería a ese día dada la hora.
- Si, ya es tarde Fígaro - comenté - lo siento.
- No, que voy a cerrar definitivamente, las manos ya no me acompañan y para tener pérdidas me quedo en casa. Hoy es mi último día - y comenzó a sollozar mientras apagaba la luz y cerraba la puerta de su negocio por última vez.
Lo abracé deseándole suerte y me quedé mirándolo mientras caminaba lentamente, encorvado debajo de sus años en dirección a su casa. Nunca volví a verlo.
Murió unos meses después y yo tuve que buscarme un peluquero que ni me conocía de nada ni yo a él y que me proponía tratamientos anticaspa o productos revitalizadores del cuero cabelludo, tintes o champús mientras hablaba con los otros peluqueros del salón.