Había amado tanto y en tantas formas diferentes cada día de su vida que ante el daño que el amor le producía comenzó a temerle. Un miedo irracional a amar y ser amado se apoderó de él. Rehuyó todo lo que pudiera ser amable y amante y se aisló en la soledad de su habitación. Dejó la vida social en que las relaciones humanas pudieran hacer que alguien le amara y en reciprocidad tener que amarlo. Olvidó las viejas melodías que hablaban de amores idos o bienvenidos y los poemas y libros que lo bendecían pero aún así el amor seguía doliéndole.
Un día invernal de febrero, después de beber para quitarse el frío que atería su cuerpo y su alma, tomó la decisión: Se desharía de todo lo que pudiera dejar testimonio del Amor que tanto daño le hacía. Buscó un tanque metálico y prendió fuego a todos los libros que podrían recordárselo antes de que sucumbiera a la tentación de volver a leerlos junto con las fotos que habían dejado constancia de los amores vividos, la música que se los podría evocar y las cartas escritas y recibidas, entregadas o devueltas que proclamaban al mundo que había sido capaz de amar.
Romeo y Julieta ardían junto a Amado Nervo, Becquer, Juana de Ibarbourou y Mario Benedetti en simbólica pira que dejaba atrás todo aquello que podía recordarle ese sentimiento. Los viejos discos de vinilo se derretían llevándose las voces de Lucho Gatica, Bienvenido Granda y Agustín Lara y las cintas se hacían polvo arrastrando el recuerdo y la voz de tantos que cantaron al amor y los amantes, mientras el rostro de una muchacha que reía desde una foto era devorado por el mismo fuego que consumía el "tuya para siempre" de una vieja carta amarillenta y una flor seca desprendida del interior de algún libro.
Un humo negro comenzó a subir al cielo y entró en sus pulmones. Aspiró su olor y entonces se dio cuenta de que era desagradable, que no le producía el efecto que le produjo en otros momentos su contenido, que aquellos amores cantados, contados y recitados o fotografiados solo eran humo y no le producían dolor.
Cuando unos minutos después sus pulmones llenos de cenizas y polvo de amores comenzaron a protestar para, como él mismo, expulsarlos de si, sintió que comenzaba a perder la conciencia no solo de amar sino de estar vivo y una profunda somnolencia se apoderó de él. Ya nada cercano al amor le rodeaba, su último pensamiento antes de perder el conocimiento fue que al fin era libre de ellos y de sus recuerdos que le atormentaban.
Para su suerte o desgracia los ladridos desesperados de su viejo perro, el amigo fiel de toda la vida, quien desde el portal aullaba con profunda tristeza, alertaron a unos transeúntes que rompieron las ventanas y lograron salvarle.
Desde ese día, cada 14 de febrero en lugar de celebrar San Valentín, conmemora San Cobardín y está casi curado. Su psicólogo dice que está volviendo a amar gracias al amor incondicional de su perro.
servido por deralte
1 comentario
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Mina Negron dijo
..dito, hehe
Feliz dia!
14 Febrero 2010 | 02:18 PM