GLOBOS
Mi nieta ha venido a verme y ha olvidado en casa los globos con que me sorprendió golpeándome mientras me decía "Malo" por no haber ido a verla en los últimos días sabiendo que esos globazos son caricias para mi alma solitaria.
Apenas llegó, como habitualmente, hizo de mi lo que le dio la gana: se sentó en mis piernas, me besó diciéndome viejo, me tiró del bigote para sacarme del ordenador, leyó lo que escribía mientras se comía las galletitas que sabe que reservo para ella, se guardó los caramelos que le tengo y yo quedé como un pelele esperando que aquella energía vital se calmara.
Cuando por fin se despidió después de algunas complicidades que son "nuestro secreto" me sentí relajado, pero cuando ví los globos olvidados mi mente voló a otros tiempos y otros globos reales o imaginarios cuando aún ella ni pensaba nacer.
Recordé los globos de las ferias en que buscábamos diversión y los que compré a las muchachas que me acompañaban, los globos de las convenciones partidistas que en otro tiempo me importaron, los globos de cumpleaños para niños felices, los condones inflados a falta de globos para niños infelices, los animales hechos con globos por animadores de fiestas, las jirafas o elefantes de globos, los globos duplicados de un mismo globo, los niños pobres pidiendo que les compraran un globo, los globos de colores, los niños tontos empinando un globo, los niños macarras reventando los globos de otros niños, el miedo de los niños a que los globos, etéreos ellos, tocaran la hierba para que no se rompieran, los globos como sinónimo de las mentiras, el globo terráqueo, la globalización mundial y desde luego el globo blanquecino que se formaba en el preservativo que usaba para no hacerle un globo a las chicas que veían volar globos de colores en el maravilloso momento del orgasmo.
Abrumado por los recuerdos recogí los globos y los recuerdos y me tumbé en la cama.