EL MUERTO SENTADO
Eustaquio solía imaginar cómo sería su funeral y hasta llegó a pensar en fingir su muerte para escuchar lo que dirían de él sus amigos y los vecinos del pueblo.
Unas veces se imaginaba sentado en un rincón del salón, cerca del cerrado ataúd que por haber terminado de pagarlo le habían traído de la lejana ciudad y pensaba en los asistentes que se acercarían a mirar una foto depositada sobre el mismo y él convenientemente disfrazado escucharía a los coparticipes de la broma explicar que el juez no había permitido mostrar el cadáver por su estado mientras le abrumaba el olor de las flores.
Otras veces pensaba en aparecer tumbado sobre el ataúd, amortajado y previamente maquillado, para levantarse riendo cuando los asistentes se acercaran a su cadáver para tener una última visión de su rostro o ver los efectos de la muerte en su cara y hasta reía de imaginar los comentarios diciendo que "parece casi como si estuviera durmiendo".
Lo que si no pudo imaginar Eustaquio fue que un domingo de frío invierno mientras permanecía sentado en el inodoro intentando hacer aguas mayores se le iba a detener el corazón y que nadie lo encontraría hasta muchas horas después, cuando la tremenda rigidez con que había quedado hacia imposible no solo meterlo en el féretro sino también cambiarle la ropa, por lo que previa autorización del juez pedaneo los amigos de parrandas le limpiaron el culo, le subieron los pantalones y poniéndole el sombrero lo sentaron en una silla del salón a un lado del ataúd a la espera de que se aflojara para poder meterlo en él o en caso contrario que el medico del pueblo le cortara los tendones para poder enterrarlo como es debido y Dios manda.
Fue así como después de muerto Eustaquio asistió a su velorio como un espectador más, sentado en una silla, piernas abiertas, torso inclinado y brazos sobre los muslos con las manos juntas como si estuviera meditando en que no somos nada y que en este mundo estamos de paso.