FUNERALES, DESPEDIDAS Y DESPEDIDORES DE DUELO
Ayer escuchaba “El velorio de Papá Montero” y me vinieron a la mente los funerales, las despedidas de duelo y los despedidores “profesionales” de los mismos de otros tiempos, de los cuales en cierto momento formé parte siendo joven.
Hace unas décadas los funerales no eran como ahora y en algún modo estaban rodeados de una aureola de encanto y costumbrismo para cualquier observador dedicado, y no hablo de los funerales de estado o personalidades importantes, ni de gente adinerada o de clase alta, sino de todos.
En esa época los muertos se velaban en las casas y era costumbre decir cuando ya alguien estaba agonizando en los hospitales que “ya avisaron para que preparen la casa”, lo que significaba que le quedaba poco al casi difunto y que se debía vaciar de muebles la habitación en que se colocarían el ataúd y las coronas de flores, cubrir los espejos, algo que nunca supe por qué se hacía, retirar los cuadros y adornos del resto de la misma para que tuviera un ambiente mortuorio y guardar todo aquello de valor que pudiera atraer a los amigos de lo ajeno, amén de buscar la ropa adecuada para vestir al finado y recibirlo.
Cuando ya se avisaba a la funeraria para ir a buscar el cadáver y traerlo al domicilio, simultáneamente los empleados de la misma llevaban a las casas su carga de sillas de tijera para que se sentaran los asistentes a esperar su llegada, los candelabros que iluminarían al fallecido y el soporte del ataúd y alguien designado iba al correo a pasar los telegramas de aviso que casi siempre eran del tono de “Fulano falleció, embarca urgente”, aunque no siempre el avisado tuviera que tomar un barco. Otras veces se les avisaba desde que mandaban a preparar la casa y entonces se redactaban así: “Fulano grave, embarca urgente” y ya el que lo recibía se ponía en camino.
Los funerales en algún momento hace siglos tuvieron plañideras que lloraban por el difunto en la misma proporción que dinero tuvieran los dolientes, pero la gente pobre tenía que llorar ellos mismos a los suyos y en muchas ocasiones el llanto demostrado tenía que ser proporcional al dolor existente o que se quisiera demostrar que había y por ello en mis recuerdos, más allá de las lágrimas de dolor por la pérdida, había ostentación del llanto en algunos casos: gritos desesperados, llanto a coro, caras tapadas, cabezas cubiertas con toallas para secar las lágrimas, desmayos, crisis histéricas que requerían inyecciones cuando llevaban a urgencias a las dolientes allegadas o bofetadas en pleno velorio si el hospital quedaba lejos y no respondían a las pastillas y tilas que se solían hacer para casos de necesidad.
Las crisis de llanto eran cíclicas según se acercaran los visitantes a dar el pésame a los dolientes que podía ser el clásico “Lo siento mucho”, el habitual “Te acompaño en tu sentimiento” o simplemente “Lamentando tu pérdida”, hasta el silencioso apretón de manos, la palmadita en la espalda, el abrazo o el beso según el nexo existente, más callado mientras más estrecho era. Habían frases repetitivas como eran “No somos nada”, que llevó al conocido chiste de “ni parientes siquiera” o “¡Qué bueno era!”, aunque todos supieran que el difunto era un hijo de puta, y de ahí aquello de que después de muertos todos son buenos.
Igualmente era preceptivo ir vestido de colores oscuros, preferentemente negro o gris y blanco. Presentarse con ropa de colores era algo impensable, tanto como acudir con maquillaje, ropa corta o escotes que era interpretado como una falta de respeto a los dolientes y al muerto. Muchas personas tenían incluso una muda de ropa para los funerales, que solo se ponían para esas ocasiones.
En los velorios de esa época circulaban el café, el ron y los cigarrillos o puros que se ofrecían en bandejas para los asistentes al funeral ya fuera en las casas o en las escasas funerarias existentes y por ello apenas se conocía del fallecimiento se hacía acopio de ellos para que no faltara y muchos asistentes aprovechaban para emborracharse de gratis. Como había que pasar “la mala noche”, término común de la época, si el velorio era en zonas rurales se mataban reses, cerdos u otros animales para que comieran los que se quedaban, y las amigas de las dolientes se encargaban de la cocina que era una tarea titánica. Desde luego que muchos acudían a los velorios “por cumplir” y debido a ello proliferaban por fuera los grupos que hacían chistes, contaban cuentos jocosos o simplemente bebían a la espera de que pasara el tiempo. Había velorios o entierros en los que incluso se le cantaba a los muertos, ya fuera en la casa o en el cementerio mientras eran enterrados.
Cuando llegaba el momento de salir el cortejo fúnebre hacia el cementerio siempre se solía invitar a los dolientes a ver “por última vez” al difunto y se hacían colas para ver los pálidos rostros de los fallecidos. Recuerdo la frecuencia del “¡No se lo lleven!” que gritaban las viudas, como si pudieran conservar al muerto en la casa de tener la opción, o el “Fulano, no me dejes sola” y la partida posterior hacia el cementerio, que en caso de los pobres se hacía muy rápidamente, como para salir de eso o brindar otros servicios los coches fúnebres, de donde supongo que saldría el calificativo de “como entierro de pobres” para referirse a las cosas que se hacían rápidamente en contraposición a las lentas que eran “como el caballo del malo” al que siempre alcanzaba el bueno en las peliculas de cowboys.
En relación con la muerte había algunas expresiones que aún perduran como "estirar la pata" o "cantar el manisero" para referirse al hecho de morir en sí, que en otros sitios era "diñarla" o más poeticamente "pasar a mejor vida" que debía ser pasar a mejor muerte.
Era costumbre, y ahí entro yo en la historia, despedir el duelo de todos los muertos de cualquier clase social, salvo el de los niños que solía ser silencioso. En algunos casos la despedida de duelo con unas palabras de agradecimiento eran pronunciadas por un familiar o designado, pero lo más habitual era que se acudiera a un despedidor de duelo profesional, quien sin ningún tipo de nexo con el difunto o sentimiento hacia el mismo, hacía la despedida.
Recuerdo también la primera vez que vi uno de ellos en su labor preparatoria, llegó a la casa y fue hacia el fondo con uno de los familiares que lo habían contratado y le hizo algunas preguntas: Nombre del difunto, donde había nacido, edad, composición de la familia, a qué se había dedicado y de que había muerto. Anotó todo en una libretita y se marchó. Más tarde en el cementerio, usando esos mismos datos, hizo su pieza oratoria de despedida que después ví que era muy similar en otros casos: Si llovía el cielo lloraba por la muerte del finado, si había buen tiempo el cielo se regocijaba por recibirlo en su seno, si tenía muchos hijos su simiente seguiría entre nosotro s, si no los tenía se fue dejándonos en la orfandad y así más o menos, agregando frases conocidas por todos, como las referencias a "este valle de lágrimas" o "el seno del señor".
Un día, acudieron a mi para despedirle el duelo del familiar de un amigo, sin que me dijeran por qué no habían buscado un profesional o lo hacía un doliente, pero tuve que aceptar por deferencia a mi amigo y su consideración al pedírmelo. Entonces hice lo mismo que había visto hacer, recabé datos del difunto y me retiré a preparar la pieza. Treinta minutos antes de la hora del entierro regresé vestido de oscuro como era normativo y previo un par de palos de ron para calmar los nervios y saludar a los familiares me preparé para despedir el duelo. Tengo que decir que le puse mucho sentimiento al discurso, que le hablé al muerto, me dirigí al cielo, a los dolientes y desgrané una bonita pieza fúnebre, por lo que al final me abrazaron los allegados en muestra de agradecimiento por mis palabras, porque como dijo uno de ellos, de haber quedado bien en aquellas circunstancias me habrían aplaudido pues lo merecía.
Desde ese día comenzaron a tenerme en cuenta para las despedidas, quizás porque no cobraba o porque lo hacía bien, pero fueron muchas veces las que se acercaban a mi para decirme aquello de “La familia del difunto quiere saber si usted puede decirle algo” que era la forma habitual de invitar a despedir el duelo y yo, que había cogido carrerilla, siempre aceptaba hacerlo.
Despedí duelos de mis familiares, de amigos y los suyos y en cierta ocasión hasta de un desconocido en La Sierra, que no tenía quien lo hiciera, pero en aquella época nadie debía ser enterrado sin que se le despidiera y alguien debía de hacerlo y fui yo. Creo que hice bien.
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EL VELORIO DE PAPA MONTERO
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EL MUERTO SE FUE DE RUMBA
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EL MUERTO VIVO
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