CHICHA, PLATERO, LIL Y YO
Hoy se cumplen seis años de la muerte de mi última mascota, la fiel Chicha que tantas alegrías me dio durante los doce años que la vida permitió que compartiéramos. Murió menos de mes y medio antes de que naciera mi nieta Lil, que nunca ha tenido un cachorro, y cuando veo las fotos de ambas en mi habitación no puedo dejar de asociarlas por la ternura que ambas despertaron en mí y recordar a Juan Ramón Jiménez en Platero y yo, el primer libro que mi padre me regaló, hace ya quien sabe cuantos años y que después le regalé yo a mis hijas y más tarde a ella, que no la conoció como Platero no pudo conocer a Almirante porque se fue antes que mi niña viniera (tú no lo conociste. Se lo llevaron antes de que tu vinieras. De él aprendí la nobleza...)
Releo algunos capítulos del mejor libro dedicado jamás a un animal y se me encoge el corazón pensando en mi Chicha y en que esos momentos que describe Juan Ramón Jiménez los viví yo también y llorando los copio junto a una canción para que algún día mis nietos los encuentren cuando ya sean hombres y mujeres y recuerden al abuelo triste por la nostalgia de la perra más maravillosa del mundo.
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Cap 132
La muerte
Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricié hablándole, y quise que se levantara...
El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico.
El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.
—Nada bueno, ¿eh?
No sé qué contestó... Que el infeliz se iba... Nada... Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la yerba...
A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...
Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...
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Capítulo 133
Nostalgia
Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad?
¿Verdad que ves pasar por la cuesta roja de
Platero, tú nos ves, ¿verdad?
Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad?
Platero, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo creo oír, sí, sí, yo oigo en el Poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno rebuzno lastimero...
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Capítulo 135
Melancolía
Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas.
—¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
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Capítulo 138
A Platero en su tierra
Un momento, Platero, vengo a estar con tu muerte. No he vivido. Nada ha pasado. Estás vivo y yo contigo... Vengo solo. Ya los niños y las niñas son hombres y mujeres. La ruina acabó su obra sobre nosotros tres —ya tú sabes—, y sobre su desierto estamos en pie, dueños de la mejor riqueza: la de nuestro corazón.
¡Mi corazón! Ojalá el corazón les bastara a ellos dos como a mí me basta. Ojalá pensaran del mismo modo que yo pienso. Pero, no; mejor será que no piensen... Así no tendrán en su memoria la tristeza de mis maldades, de mis cinismos, de mis impertinencias.
¡Con qué alegría, qué bien te digo a ti estas cosas que nadie más que tú ha de saber!... Ordenaré mis actos para que el presente sea toda la vida y les parezca el recuerdo; para que el sereno porvenir les deje el pasado del tamaño de una violeta y de su color, tranquilo en la sombra, y de su olor suave.
Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero ¿qué más te da el pasado a ti, que vives en lo eterno, que, como yo aquí, tienes en tu mano, grana como el corazón de Dios perenne, el sol de cada aurora?
Moguer, 1916.
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Ligeia Poe dijo
En el Libro de Lil le conté de Chicha y tiene sus fotos, y en Cuba le compré una perrita salchicha que está en casa de abuela. Se llama Palmera, pero nunca será Chicha. No pude traerla para que llegara a serlo. Pero yo traeré una perrita para Lil, una que pueda compartir con sus hermanos.
29 Noviembre 2011 | 05:39 PM