Veo las fotos de una diminuta escultura de mujer de más de veinte mil años de antigüedad y compruebo que la figura estilizada que hoy es patrón de belleza dista mucho de la que siempre se consideró. Es la Venus de Willendorf, que con sus grandes pechos, su culo amplio y su vulva prominente, me recuerda a otras venus esteatopígicas que conocí en la vida real, una de las cuales inspiró el personaje de Flor de María de una de mis novelas que duerme el sueño de los justos a la espera de que regresen las musas para concluirla. La Venus de Willendorf, descubierta en Austria a orillas del Danubio por Josef Szombathy en 1908, es una muestra de como se veía la belleza femenina en otra época. Con tan solo 11.1 centimetros de alto tiene 5,7 de ancho, 4,5 de espesor y 15 de circunferencia. Si le agregaramos 0,3 centimetros de altura por los tobillos que le faltan nos encontraríamos con una mujer solo el doble de alta que de ancha y eso habría sido en la época actual motivo de marginación, depresión y suicidio.

La Venus muestra la cara, sin esculpir, que aparece cubierta con una especie de trenza hecha con el pelo a modo de gorro y los brazos, muy finos, están colocados encima de las exhuberantes mamas que descansan sobre la barriga prominente y al final de esta protruyen el pubis y la vulva generosa con sus grandes labios mayores sobresaliendo. Está esculpida en piedra caliza oolítica, no existente en la región en que se encontró la figura, lo cual representa un misterio para los estudiosos y está pintada con ocre rojo, que el tiempo ha modificado.

Miro las fotos e imagino al artista del paleolítico con el pedruzco calizo en una mano y esculpiendo con el buril en la otra la figura de su modelo, que de seguro era su amante y no su mujer, quien avergonzada y temerosa de ser identificada, pidió a su enamorado que no se supiera quien era, por lo que colocó su pelo trenzado sobre la cara e inclinó la cabeza hacia delante mirando al seno derecho. Algo debe haber ocurrido o algún detalle físico del rostro delataría a la modelo si se tallara el mismo, lo cierto es que el rostro nunca fue esculpido.

O quien sabe, quizás lo que ocurrió fue que antes de concluirla, fueron descubiertos modelo y escultor y alguien muy enojado tomó la figurita por la cabeza y la golpeó contra algo, rompiendole los pies, o que a punto de ser descubierto el artista huyó con su obra emprendiendo un largo viaje y llevando consigo la escultura de su amada hasta llegar a orillas del Danubio.

Nadie puede saberlo, pero a mi me gusta imaginarlo así, como cuando imagino a otras Venus de magníficos pechos y nalgas, sexo prominente y caras que ya no recuerdo, quienes quizás cuando alababa su belleza creían que estaba mintiendo y que tal vez nunca pensaran que al cabo de mucho tiempo yo las recordaría al mirar las fotos de aquella Venus que hace años vi en el mezzanine del Museo de Historia Natural de Viena, o que una de ellas me inspiraría el personaje de una de mis novelas, como otras inspiraron a Botero o a Guy de Maupassant en su inolvidable Bola de Sebo. La vida es así. .

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