LA REINA DEL GUAGUANCÓ
Cuando aquel 21 de noviembre de 1998 el hedor se hizo insoportable, los vecinos del edificio de Linea y F en La Habana se decidieron a avisar a la policía, quienes guiados por el olor se decidieron a derribar la puerta del único apartamento del piso 18 cuyos ocupantes no se encontraban en aquel momento. Dentro, en medio del olor a muerte y descomposición humana, encontraron muerta a quien había sido una leyenda viva. Ante sus ojos estaba el cuerpo sin vida de quien había sido “La reina del Guaguancó”, la mismísima Celeste Mendoza, sola en la soledad imperturbable de la muerte rodeada de sus discos, sus santos y los testimonios gráficos y musicales de una de las estrellas más rutilantes de todos los tiempos en el firmamento musical de Cuba.
Celeste Mendoza fue una intérprete singular de la música cubana, destacando en el bolero, los ritmos guapachosos que hoy llamarían salsa y sobre todo en el guaguancó. Oriunda de Santiago de Cuba, donde había nacido en 1930, destacaba por su alegría proverbial, su simpatía y sus curvas espectaculares que le hacían ser una "mulata de fuego", que a nadie dejaba indiferente y la llevaron a ser modelo del legendario Cabaret Tropicana. Una carcajada estrepitosa solía romper el dialogo que establecía con sus oyentes y al que seguía un trago largo de ron antes del siguiente número musical y así hasta el final del espectáculo una y otra vez, un día y otro, mes tras mes y año tras año.
La mulata guapachosa paseó su música y sabrosura por escenarios de varios países de tres continentes y hasta hizo incursiones en el cine, pero lo suyo era el espectáculo en directo, en un bis a bis con su público, aunque se prodigaba en radio y televisión, pero para ella no era lo mismo, no interactuaba ni ella imponía las reglas.
Pero los años no perdonan, ni el alcohol tampoco y Celeste comenzó a ser solo una leyenda que se paseaba por La Habana con su turbante y el recuerdo de lo que años antes fue un cuerpo de escándalo. Los que la descubrían corrían a demostrarle su reconocimiento y cariño, se armaba el alboroto y la artista sonreía a todos, repartiendo besos y abrazos, aunque por dentro la consumiera la soledad en que pasó sus últimos años y todo no fuera más que otra actuación para el respetable.
Celeste Mendoza, la Reina del Guaguancó, al final de su vida reinaba sólo en su público, en el que la escuchó y la vió actuar, porque la siguiente generación la había olvidado. Celeste Mendoza era en esos momentos sierva de los recuerdos, la soledad y el alcohol, que en aquel apartamento del Vedado, rodeada de imágenes de santos que la protegían, la volvían a la vida que se le había ido y que al parecer le ayudaban a huir del olvido con el que no se conformaba.
El forense, en el informe de la autopsia, certificó que La Reina del Guaguancó había fallecido cinco días antes de que la encontraran y duele saber que era tan grande su soledad que solo supieron que faltaba cuando el hedor proveniente del apartamento se hizo insoportable.
Sic transit gloria mundi. .
QUE ME CASTIGUE DIOS
. LA
ÚLTIMA RUMBA
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SOBRE UNA TUMBA UNA RUMBA
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PERO NO VOY A LLORAR
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SUAVECITO