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La Coctelera

EL ARTE DE DERALTE

ACERCA DE ALGUNAS COSAS QUE ME MOTIVAN A ESCRIBIR UN BLOG

17 Septiembre 2011

DANIEL MARTÍNEZ 31

Nunca supe quien era Daniel Martínez, a pesar de haber vivido cuatro años en una calle que llevaba su nombre. Es lamentable que haya sido así, pero en esa época era lo que menos importaba, o mejor dicho, importaba más tener un techo bajo el cual vivir y lo encontramos en el número treintiuno de la calle Daniel Martínez, que en época de crisis era lo único que podía pagar mi padre, quien se había ido antes para abrir camino, y cuyo salario era el que nos permitía subsistir a una familia de seis personas.

La casita de Daniel Martínez constaba solo de dos piezas: la delantera, separada de la calle por un espacio en el que previsiblemente se construirían otra y el portal, era sala, dormitorio paterno y de la niña mientras la trasera servía de cocina, comedor y dormitorio de los tres hijos varones. Adosado a la habitación trasera estaba el baño y detrás de él el patio, limitado por una cerca que por un lado servía de pared al pasillo por el que se entraba a las casas de Caridad y Cuca situadas en el fondo y por el otro nos dejaba ver el patio de María y Cisquito, los vecinos de la izquierda, y se extendía a lo largo de toda la casita dejando un estrecho pasillo, húmedo y sombrío, en el que poco después de instalarnos mi madre sembró mariposas, su flor predilecta, quizás para recordar a su Oriente querido.

Eladio, el dueño de la casita, quien hasta ese momento cobraba quince pesos a mi padre por el alquiler de la misma, quiso aumentarlo a veinte por la presencia inesperada de niños pero seguimos pagando lo mismo. Nunca supe de qué artes se valió mi padre, lo único que sé es que lo convenció de mantenerlo igual y seguimos pagando los días quince de cada mes aquellos quince pesos durante todo el tiempo que vivimos en ella.

Recuerdo bien el día que llegamos a la casa, que no teníamos donde ni qué cocinar y comimos de cantina que fueron a buscar Papi y Pipi: arroz blanco, frijoles negros, carne ripiada y plátanos maduros fritos, el presupuesto no daba para más, pero a nosotros nos pareció un manjar. Estábamos de nuevo en familia y aquello sabía a gloria.

Lo que si no fue gloria fue la adaptación al vecindario y la aceptación por parte de ellos. Éramos los emigrantes, los que veníamos de otro lugar y además éramos pobres y la familia más numerosa de la cuadra, en la casa más pequeña de toda ella. En resumen, los bichos raros del vecindario, los que compraban la factura en casa del “americano” a varias cuadras del barrio, donde nos fiaban avalados por Venegas, un compañero de trabajo de mi padre en la Pheldrak, cuya cuenta aparecía a nombre de “Luis René, el amigo de Venegas” para cobrarle a él si los días diez de cada mes Papi no liquidaba la cuenta del mes anterior. Éramos los niños que jugaban entre ellos a juegos raros: “la pelotica”, una especie de minibeisbol con canicas en un microstadium que hicimos delante de la casa, o a los caballitos con figuras de cow boys hechas en cartón duro en que recreábamos escenas del oeste, siempre juntos, siempre unidos los tres a pesar de todo.

Después de comenzar en la escuela fue distinto, aunque éramos los únicos de la cuadra que íbamos a escuelas públicas y comíamos en el Comedor Escolar de la escuela Nº 4 para niños pobres. No sé si Mami fue la primera que rompió el hielo hablando con María por la ventana, una enfrente de la otra, o con Caridad, la vecina del fondo que tenía a su hija Susana en el mismo kindergarten que estaba Leo mi hermana, con Cunga, la vieja de dos casas más allá o con Titi, la oriental de la que le seguía o fuimos nosotros, compartiendo juegos y maldades con Emilito, el hijo del barbero con el que nos pelábamos y cuyos gallos de pelea íbamos a ver, con Albert y Tati, los muchachos de cinco casas más allá, o peleándonos con “El Loco”, el malo del barrio, lo cierto es que un buen día descubrimos que aunque extrañábamos y echábamos de menos nuestra vida anterior, ya formábamos parte del barrio, aunque siempre fuéramos los orientales, y que, por ser mayoría, en cualquier grupo éramos tenidos en cuenta.

Viviendo en esa casita nació Jorge, el benjamín de la familia, aunque quizás él no lo recuerde porque al poco tiempo nos mudamos a otra y quedaron atrás los domingos de escuchar la discoteca de Radio Progreso, los días de oír a los Matamoros en la CoCo, de sentir a Barbarito Diez deprimiéndonos por las tardes y a prima noche, de ver a mis padres bailando danzones, al viejo en su balance escuchando tangos o a mi madre oyendo arrobada a Javier Solís, de sentarnos a ver los muñequitos o Cine del Hogar en la televisión en blanco y negro que nos regaló Temia, o jugar con Cuchinchi, el perro que nos endosó el tío Fin cuando mis padres fueron a pedirle que les alquilara un apartamento más amplio, los días alegres del triunfo de la Revolución o los de la invasión de Playa Girón, los de las patrullas juveniles y los juegos de pelota “al flojo” en San Miguel y tantas otras cosas que hoy resultan demasiado lejanas en el tiempo y el espacio, pero que sucedieron e influyeron en nosotros.

Algunos de aquellos niños hoy somos abuelos y otros han muerto, unos se hicieron profesionales y otros no pasaron de obreros, pero esos muchachos de Daniel Martínez fueron quienes único puedo asimilar a amigos de la infancia, en una infancia que nunca transcurrió más de un par de años en el mismo lugar y esa casita, la de Daniel Martínez treintiuno, fue la primera en que tuve conciencia de que verdaderamente éramos una familia.

Hoy, mientras escucho mi música recuerdo aquella casita, mi familia, y vuelvo a ser niño, pobre y discriminado, y se me hace un nudo en la garganta. Entonces, bebiendo un tinto Abadía Mantrús, denominación de origen Ribera del Duero, cosecha de 2009 (culpa de mi amiga Pily que me incitó a probar otros vinos además del Rioja) empiezo a llorar sin saber si lloro porque aquello ya pasó, porque hace medio siglo dejé de ser niño, porque ahora soy el más viejo de la familia y el único que puede contarlo o simplemente porque el vino me provoca la llorona y entonces apuro lo que queda de la botella y voy a la cama para no terminar el viernes cantando Asturias Patria querida.

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