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La Coctelera

EL ARTE DE DERALTE

ACERCA DE ALGUNAS COSAS QUE ME MOTIVAN A ESCRIBIR UN BLOG

29 Septiembre 2011

HIJO DEL DIABLO

Soy hijo del Diablo, o eso dicen, y a pesar de ello doy buena suerte y tengo propiedades milagrosas, o eso dicen y sin embargo, aunque me rechazan por ser diferente, o precisamente por ello, me veo obligado a vivir oculto en la oscuridad de esta choza apartada en la que Taita nos ha encerrado a mis hermanos y a mí para que nadie sepa que existimos, por el momento. La oscuridad no está tan mal porque la luz apenas nos deja ver, pero nos aburrimos y queremos jugar como los demás niños. Taita ha dicho que si vemos gente o escuchamos ruidos y voces nos escondamos donde podamos y eso es lo que hacemos, aunque a veces el ruido venga del monte que nos rodea y descubramos que solo era un animal o el viento.

Taita tiene miedo por nosotros y es porque él es negro y nosotros somos blancos, muy blancos, y no sé si el miedo es a la blancura de nuestra piel, a nosotros, que dicen que somos hijos del Diablo, o a los que nos temen y sin embargo nos buscan o quizás sea porque la gente piensa que no podemos ser hijos suyos siendo tan blancos y él tan negro. Taita nunca nos ha dicho por qué, pero nos tiene aquí encerrados desde hace tiempo y solo viene a traernos comida, siempre antes de que salga el sol o cuando cae y nadie se atreve a adentrarse en el monte y no se va sin decirnos que recordemos todo lo que nos ha dicho y sobre todo me insiste a mí, el mayor, para que cuide a los pequeños y que no les pase lo que a mi hermana, de quien abusaron unos hombres venidos sabe Dios de dónde, porque según dicen al acostarse con ella podían curarse de un mal que tenían. No sé si esos hombres llegaron a curarse, ni si mi hermana lo sabía, pero sé que siendo tan buena como era de haberlo sabido lo habría hecho de buena gana sin que hubieran tenido que pegarle para que lo hiciera, ni maltratarla tanto, al extremo de que murió poco tiempo después y que de no haber sido porque mi Taita la oyó gritar habría muerto ese mismo día. Tampoco he sabido por qué Taita la enterró en un lugar que nadie sabe, sin señas de que ella está ahí, como si de saberlo alguien fuera a sacarla de su tumba. ¡Qué cosas tiene Taita!

Quizás él tenga miedo de que a los pequeños les pase lo que a mi, que unos mineros borrachos me cortaron a machetazos una pierna cuando tenía cinco años y pisé en el monte una trampa para animales que me dejó atrapado y tuvieron que cortármela para liberarme. No recuerdo muy bien lo que pasó después porque me desmayé y cuando desperté mi madre me había puesto kerosene para que no sangrara y Taita me curaba con hojas y unas pastillas que trajo de no sé donde hasta que mi pierna estuvo buena y empecé a caminar con unas muletas que me hizo con palos del monte.

Al principio Taita nos decía que nos ocultáramos de los blancos y desconocidos, pero después nos decía que nos ocultáramos de todos, que querían nuestra piel y nuestra sangre para hacer magia negra y yo riendo le dije que como iban a hacer magia negra con una piel blanca y se le ocurrió decirme que para eso se llevaron mi pierna aquellos mineros y a mi lo que me dio fue mucha risa, porque si de verdad dieramos suerte no nos pasarían esas cosas; fue entonces cuando nos trajo a esta choza en que pasamos escondidos todo el tiempo. ¡Qué cosas dice mi Taita!

 

El sol está alto, Taita no viene aún y ayer tampoco vino por primera vez desde que estamos aquí. Tengo hambre y los niños lloran porque también la tienen y el agua no llena el estómago. Los pájaros están cantando en el monte y debe ser porque ya han comido, porque con hambre se está triste, como están los niños en este momento. Tomo mis muletas y salgo a ver qué puedo encontrar para que coman y dejen de llorar los pequeñines. No hay nada cerca y sigo caminando. Escucho voces y decido acercarme a ver si consigo algo para ellos. Unos hombres con machetes, como Taita cuando trabaja en el monte, se acercan a mi, me preguntan que busco y cuando se lo digo me dicen que me acerque. La luz no me deja ver, solo veo sombras que se acercan, que me atenazan los brazos, que lanzan lejos las muletas, que extienden mis miembros y alzan los machetes afilados. Cuando por fin se lo que va a ocurrir solo atino a gritar “¡El brazo no, el brazo no!”, antes de sentir el sonido del machetazo que me dejará manco por siempre y agonizante en aquel claro del monte simplemente por ser albino e hijo del Diablo. Sólo me consuela que ya no buscarán a los niños y lo único que me preocupa es que estarán esperando que les lleve algo de comer para mantenerse hasta que llegue Taita. ¡Ojalá y no tarde mucho!

 

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